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El dolor de Fernanda


Su casa es una cárcel: sin barrotes, pero el frío, el silencio y la mugre son igual de abrumadores que allí. En aquel lugar tan pequeño, no tiene escapatoria. Un reloj de pared es el paisaje que observa mientras cocina. El ruido de la cebolla friéndose en la sartén intenta callar el segundero, pero ella lo sabe. Se acerca la hora del horror: 19:34.

En su cuerpo no cabe una marca más. El dolor físico parece, por momentos, superar al de su alma; por momentos, parece aliviar el dolor de su alma. Pero no; si lo analiza fríamente, eso sería imposible. Mientras sus pensamientos pasean entre el reloj y el intento de ponerle fin al sufrimiento, las llaves en la puerta son las campanadas de inicio del combate. Él ingresa. Ella tiembla. El frío se recrudece. ”Si el fin no llega pronto, entonces por mano propia lo haré llegar”, piensa. Ella, todavía, cree amarlo. Cuando gira, dejando el cuchillo con el que cocinaba como bandera blanca, percibe en sus ojos los restos de algunos vicios. Clava su mirada en aquellas pupilas dilatadas.

19:34: la hora del horror. No hace falta contar lo que pasó. El corazón de Fernanda late todavía; sus pulmones, se inflan llenándose de oxígeno; sus ojos siguen mirando el reloj de pared. Fernanda sigue viva, pero todos los días a las 19:34 muere por dentro.

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